
En “el templo del fútbol nacional”, la “débil” Bolivia nos recordó que no todos los vinos sirven para consagrar. Una vez más, olvidamos la experiencia de las eliminatorias pasadas, cuando “ahora sí, el mundial era nuestro”. Olvidamos Perú 2004, donde llegamos dispuestos a comernos el mundo y nos trajimos apenas 1 punto en la maleta. Anoche perdió Venezuela, pero no nos ganó Bolivia: nos jodió el triunfalismo.
Como en las malas telenovelas, la señora de la casa, con todas sus joyas puestas, terminó sentada, en la sala, bañada de lágrimas y borracha, repitiendo ensimismada “soy una cenicienta… soy una cenicienta…” Cosa que no está tan mal, siempre y cuando la señora no tenga la casa llenita de invitados.
En esta ocasión, Richard Páez botó el juego, cuando apenas promediaba el segundo tiempo y en vez de hacer valer su condición de local, se conformó con el 2 a 1 y sacó al delantero para meter un medio de contención. Todos saben que el equipo local debe salir a buscar goles, aún más sabiendo que a primera hora, Perú había goleado a Uruguay, cosa que tampoco estaba en los guiones de nadie. No. En vez de hacer valer de una vez por todas nuestra localía y seguir buscando los goles a favor que luego pueden hacernos falta, decidimos no arriesgar, y pusimos la cagada. Faltando 7 minutos para el final, Arce nos metió un balón en el fondo de la red –¿de la portería, del orgullo?- y fuimos 26 millones los que tuvimos que ir a recogerlo, con el desánimo pesándonos una tonelada en las espaldas. Bueno, ni siquiera sabemos si fueron 26 millones. Más de uno se habrá alegrado.
Fue en esos 7 minutos restantes, cuando la emergencia nos tumbó el chinchorro, que salió a flote todo lo que somos como país: ahí si mandamos al carajo estrategia, librito y táctica e, improvisando, pusimos otro delantero; ahí si salimos, desesperados, a privilegiar el pelotazo sobre el juego ordenado; y, finalmente –el que persevera vence- nos llegó el momento dorado, ese que tanto hemos buscado durante nuestra historia futbolística: la jugada que nos hizo decir “nos robaron, nos robaron el penalty, es una injusticia. ¡Árbitro, coño ‘e madre!” (Ver "Creo que equivocamos la estrategia"). Quizás el error fue haber puesto a Guaky como mascota y no a Calimero.
En Sportscenter hablaron durante 3 ó 4 minutos de cómo Bolivia había dado el primer campanazo de la copa. En el noticiero Meridiano, durante 15 minutos, se analizó cómo fue posible que el árbitro nos echara esa tronco ‘e vaina.
Resultados así son los que pueden aniquilar el ya escaso ambiente de copa. Ahora vamos el sábado contra Perú, ese mismo Perú que nos hizo sonreír cuando salió el papelito en el sorteo, el Perú que suponíamos que nunca iba a cambiar ese futbol cansón de las últimas eliminatorias. Tocará seguir ligando a la vinotinto, pero calladitos, casi clandestinos: no vaya a ser que nos confundan con chavistas.
